COOPERATIVISMO OBRERO, CONSEJISMO Y AUTOGESTIÓN SOCIALISTA
ALGUNAS LECCIONES PARA EUSKAL HERRIA
1.- COOPERACIÓN, HISTORIA Y UTOPÍA.
Quien haya leído "El apoyo mutuo" de Kropotkin --"uno de los grandes libros del mundo", según Asmley Montagu--, sabrá que la cooperación, el apoyo o ayuda mutua es algo consustancial a la vida animal en general y no sólo a la humana. Todas las investigaciones posteriores han confirmado de nuevo los descubrimientos de Kropotkin, aunque, en realidad, ya Engels había insistido en la socialidad humana con un cuarto de siglo de antelación. Engels y Marx apreciaron antes que nadie las tremendas consecuencias positivas de la teoría de Darwin pero también su posible tergiversación debido a sus ambigüedades --lo que luego sería el socialdarwinismo-- y analizaron esta dialéctica en varios escritos y cartas.
En la Carta a Lavrov de noviembre de 1875, Engels se opone rotundamente a toda interpretación reduccionista y biologicista de la historia humana como simple historia de la lucha ciega y feroz del hombre contra el hombre. Al contrario, Engels afirma que: "No puedo sumarme a su idea de que (la lucha de todos contra todos) fue la primera fase de la evolución humana. A mi entender, el instinto social fue uno de los motores sociales de la evolución que conduce al hombre partiendo del mono. Los primeros hombres deben haber vivido en grupos, y, por todo lo que podemos remontarnos en el pasado, encontramos que así fue en efecto".
Más aún, poco antes Engels defiende una tesis básica no sólo de la autogestión sino de la totalidad del comportamiento social humano a partir de un momento preciso de desarrollo de la dialéctica entre las fuerzas productivas y de las relaciones sociales de producción:
"La producción humana alcanza, por tanto, en un determinado estadio, un nivel tal que no sólo satisface las necesidades indispensables a la vida, sino que crea productos de lujo, si bien, al principio, están reservados a una minoría. La lucha por la vida, si, por un instante, queremos conceder algún valor a esa categoría, se transforma en un combate por los goces., no ya sólo por los medios de EXISTENCIA, sino por medios de DESARROLLO, por medios de desarrollo PRODUCIDOS SOCIALMENTE. Y en este plano, las categorías tomadas del reino animal ya no son utilizables. Pero si, lo que sucede actualmente, la producción, en su forma capitalista, produce una cantidad de medios de existencia y de desarrollo mucho mayor de lo que la sociedad capitalista puede consumir, porque aleja artificialmente a la gran masa de los productores reales de esos medios de existencia, se ve obligada a aumentar continuamente esa producción ya desproporcionada para ella, y si, por consiguiente, periódicamente, cada diez años, viene a destruir no sólo una masa de productos, sino también las fuerzas productivas, ¿qué sentido tienen entonces todos los discursos sobre la "lucha por la vida"? La lucha por la vida no puede consistir entonces más que en esto: la clase productora arrebate la dirección de la producción y de la distribución de bienes de las manos de la clase a la que correspondía esa tarea y que se ha hecho incapaz de asumirla, y en eso consiste precisamente la revolución socialista".
Vemos así, según Engels, una dialéctica histórica, entre el goce humano y el desarrollo social, entre el proceso de expropiar el lujo a la minoría dominante y el proceso de reordenar la sociedad para conseguir que la mayoría goce de esos lujos. Esa reordenación no es sino la revolución socialista. La autogestión, desde esta perspectiva, va indisociablemente unida a una mejora cualitativa de las condiciones de vida de nuestra especie, de reducción de sus sufrimientos y de aumento de sus goces. La cooperación, la ayuda mutua, la autoadministración de los productores asociados, etc., no responden, siempre desde esta perspectiva, a una pulsión idealista y abstractamente ética, sino a una muy consciente necesidad y deseo de aumentar los goces colectivos y reducir los colectivos sufrimientos. En realidad, Kropotkin no hace sino confirmar las tesis marxistas. Se explica así que sobrevivan en el presente, en sociedades más complejas y con contradicciones más duras, viejos hábitos sociales de cooperación heredados de modos de producción anteriores que facilitan prácticas de ayuda y apoyo mutuo, de cooperación colectiva en el trabajo, en la lucha, en la fiesta, etc.
Cualquier texto de historia del socialismo precisa con algún detalle la larga historia de la iniciativa colectiva basada en las sucesivas formas que va adquiriendo la cooperación entre las gentes oprimidas para mejorar su situación. Por ejemplo, en Sudamérica, el ayllu andino que sobrevivió a la represión de los Incas, españoles y gobiernos liberales y neoliberales, o la práctica del código de minga, de ayuda solidaria a todos los desvalidos. Los jesuitas intentaron adaptar estas costumbres a sus prácticas de integración de los indios. En la extensa pampa de los gauchos, la propiedad colectiva de las tierras se mantuvo hasta el alambrado de los campos en 1875, reapareciendo después en formas de resistencias y reivindicaciones sociales. Como veremos, en Marx la cooperación es analizada desde dos perspectivas, la genético-estructural de autogénesis de la especie humana en cuanto cooperación social necesaria para la producción de valores de uso, y la de la cooperación histórico-genética dentro de una formación social concreta, la capitalista en nuestro caso, para la producción de valores de cambio bajo condiciones de explotación.
En Euskal Herria sobreviven de modos de producción anteriores, y de la fase preindustrial del capitalismo en nuestro país, las prestaciones mutuas de materiales --ORDEAK--; el trabajo común en labores duras y repetitivas --LORRA--; el apoyo mutuo en momentos de desgracia --HERMANDADES--, y el trabajo colectivo en labores necesarias --AUZOLAN--. No hace falta decir que estas prácticas iban unidas a otras formas de debate y decisión colectiva --BATZARRA, ANTEIGLESIA, ETC.-- que a pesar de todas las contradicciones sociales y de género internas que tuvieron en sus tiempos, sin embargo han fijado costumbres autoorganizativas sin las cuales no se comprende la evolución sociopolítica y cultural vasca posterior.
Este fenómeno no es extraño ni exclusivo para Euskal Herria pues toda la historia de la resistencia obrera y popular de finales del siglo XIX y comienzos del XX en Europa y EEUU está también influenciada por los restos de la cooperación y ayuda mutua campesina precapitalista. Por ejemplo, un factor importante en el surgimiento de la primera experiencia soviética mundial, la de la revolución rusa de 1905, fue la pervivencia de los hábitos de solidaridad, cooperación --el artiél-- y decisión colectiva de los campesinos organizados en comunas --obshchina-- en sus luchas contra los señores zaristas. Del mismo modo, uno de los secretos de las tremendas fuerzas desatadas por las luchas anticoloniales y de liberación nacional desde esas épocas, e incluso antes, radica en su profundo engarce con prácticas similares.
1.1. RASTROS HISTÓRICOS DE LA COOPERACIÓN
Centrándonos más en el cooperativismo, una de las formas de la cooperación, quienes han buceado en el pasado hablan de que ya en el siglo -XXV los egipcios disponían de asociaciones cooperativa para la administración económica; también hablan de que los fenicios desarrollaron una especie de cooperativas de seguros mercantiles y navieros en el siglo -XV. Sí se puede hablar de "proto-cooperativas" de ahorro y crédito durante la dinastía Chou en la china del siglo -XIII. Pero es en la Babilonia del -550 en donde descubrimos cooperativas que se asemejan mucho a las actuales, cooperativas de intercambio y mercantilización de productos agrícolas --undestabing--, pero también eran sociedades de créditos blandos para los pobres que, además, les defendían contra las exigencias de los prestamistas. Por su parte, en el -45 Julio César prohibió las collegia o cooperativas de los pequeños artesanos romanos, mediante las que se defendían del creciente poder oligárquico.
Durante la Edad Media occidental también abundaron ejemplos al respecto, sobre todo sectas utópicas comunalistas y milenaristas, y no han faltado autores que se han remontado a los monasterios y órdenes religiosas medievales para encontrar ejemplos prácticos de trabajo en cooperación. Del mismo, aunque a menor escala, desde el siglo XVI sectas cristianas protestantes practicaron mezclas de cooperación y ayuda mutua con trabajo familiar individual. En 1696 el terrateniente cuáquero Bellers presentó un proyecto al Parlamento inglés para crear cooperativas autosuficientes formadas por entre 200 y 300 miembros. En 1760 obreros de los arsenales ingleses de Chatham y Woolwich fundaron cooperativas de molino y panadería para bajar los altos precios oficiales y pronto esa experiencia se expandió a otros oficios. En febrero de 1819 tras once semanas de huelga obreros del tabaco ingleses organizaron ellos mismos la producción.
Owen (1771-1858), fue el máximo exponente en Gran Bretaña de un socialismo que rechaza la lucha de clases y que propugna la reforma económica mediante, entre otras cosas, el cooperativismo de producción y consumo, y mediante bolsas de trabajo. En 1824 Owen logró reunir la apreciable cantidad de 50.000 libras esterlinas comprando 8.000 hectáreas de campos y talleres; en 1825 llegaron los primeros miembros de "Nueva Armonía" y la armonía desapareció desde el primer segundo de experiencia colectiva. La producción cooperativa resultó un fracaso; las relaciones interpersonales entre los 900 miembros degeneraron en fracciones radicalmente opuestas; los trabajos comunales internos, desde la cocina hasta los aseos, originaban múltiples disputas; el autoritarismo personalista de Owen echaba leña a los fuegos de las disputas, y sólo se salvó el sistema educativo.
Para 1827 se había cerrado el experimento. Mas el fracaso no anuló el impacto del owenismo porque ya en 1824 se había creado la "London Co-operative Society"; en 1827 la "Brighton Co-operative Society"; en 1829 una cooperativa especialmente dedicada a la difusión teórica y propagandística del owenismo con el periódico "British Co-operator". En 1830-32 las cooperativas ascienden de 300 a 500, siendo entonces cuando Owen crea la "Bolsa nacional de cambio equitativo del trabajo" que emite "billetes de trabajo" que se supone expresan el tiempo invertido en la fabricación más el costo de las materias y máquinas empleadas.
Los primeros meses el proyecto alternativo funcionó porque fueron los artesanos y algunos pequeños industriales quienes aceptaron su equivalencia supuesta, y la euforia apareció entre los reformadores sociales que creían haber encontrado la fórmula mágica para instaurar pacíficamente el socialismo cooperativista oweniano. Recordemos que en ese mismo 1832 terminó en derrota una oleada ascendente de lucha obrera y campesina iniciada en 1829, aplastada militarmente con 9 ahorcamientos y 457 deportaciones. El owenismo apareció durante este período como la alternativa pacifista y realista de cambio gradual mediante un cooperativismo capaz de transformar desde dentro al capitalismo. Pero estos sueños se esfumaron a los pocos meses de aparecer el "billete de trabajo", y buena parte de los obreros owenistas se radicalizaron pese a los llamamientos de su líder creando la GNCTU, pero una burguesía envalentonada por la represión de 1832 y conocedora de las fuertes discrepancias entre Owen y sus allegados, arremetieron contra los obreros destrozando el movimiento, que con sólo 6 deportaciones --los "mártires de Tolpuddle", según la prensa owenista-- se paralizó totalmente en 1834.
Por poner un ejemplo del ideario de Owen, tenemos la recomendación que hizo a los trabajadores de la construcción de Manchester en huelga en agosto de 1833, presionados por la patronal para que firmaran un documento comprometiéndose a no afiliarse a ninguna sociedad obrera, y expulsados al paro: "El despido de los operarios de la construcción y las diferencias existentes con sus empleadores tenderá, creo, a hacer un bien permanente a las dos partes. Aporta una magnífica oportunidad para vosotros, miembros de las clases trabajadoras (los patronos y sus hombres son trabajadores) para de una manera serena, tranquila, pero sobremanera efectiva, llevar inmediatamente a cabo un acto de afirmación".
Por "afirmación" Owen entendía una lenta autogestión interclasista y socialmente neutra de los trabajadores. La fuerza de esta ideología en el movimiento obrero británico era tal que incluso cuando fueron despedidos todos los afiliados a la Unión de Derby en diciembre de ese año, redactaron un documento reafirmándose más que Owen en la línea interclasista. Esta situación ideológica más la represión policial, y otros factores, hicieron que en 1834 cayeran en picado los índices de afiliación obrera, pero la recuperación no tardaría en iniciarse pues ya en 1836 surgieron los primeros movimientos cartistas, que fueron aprendiendo, en una primera fase, la importancia de la acción política y democrático-radical, que no sólo reivindicativo y cooperativista; y en una segunda fase, desde 1848, la importancia de los programas socialistas, pero esta es una cuestión que ahora no podemos analizar.
Un ejemplo de la profundidad en los debates sobre el cooperativismo, el sindicalismo y el futuro socialista, conviene recordar a la corriente de los "economistas utópicos" del primer tercio del siglo XIX, considerados con razón como parte de los "padres teóricos" de Marx, que hicieron una poderosa crítica de las limitaciones de David Ricardo, desarrollando sus innegables aspectos positivos desde la perspectiva de un socialismo utópico más coherente en la denuncia del capitalismo que las visiones de Owen y demás cooperativistas. La mayoría de ellos daban una gran importancia al cooperativismo radical y no interclasista. Uno, tal vez el principal, fue Willian Thompson (1783-1833), que insistió en la necesidad de que los sindicatos creen cooperativas decididamente orientadas a la expansión de un sistema completo de vida comunista en la que los trabajadores sean "copropietarios, coproductores y cohabitantes". En 1830 publicó las "Directrices prácticas para el establecimiento de comunidades", en el que afirma:
"La sociedad, tal como está organizada actualmente, sufre ante todo escasez e inestabilidad en el empleo de las clases trabajadoras. ¿Cuál es la primera causa de este subempleo? Es la carencia de ventas y de mercados. No se logra vender los productos fabricados y entonces se malvenden a un precio inferior al coste de producción; por ello, los fabricantes no pueden ofrecer empleo permanente y remunerado. El único recurso evidente es un mercado seguro para la mayoría de los productos indispensables. El sistema de trabajo cooperativo ofrece la solución. En lugar de buscar en vano mercados exteriores en el mundo entero, donde se encuentran sobrecargados o inundados por la incesante competencia de productores hambrientos, realicemos la asociación voluntaria de las clases trabajadoras. Éstas son suficientemente numerosas como para asegurar un mercado directo y mutuo de los bienes más indispensables en materia de alimentos, vestidos, mobiliario y alojamiento".
Por su parte, Fourier (1773-1837), imaginó una sociedad compuesta por cooperativas federadas que él detalló minuciosamente, con precisión milimétrica, pero que en ningún momento detuvieron el empeoramiento de las condiciones de vida y trabajo de las clases oprimidas, aunque en 1830 sus seguidores formaron un colectivo que editaba la revista "La democracia pacífica", y en 1833 fundaron en el estado francés un falansterio en Cende-sur-Vesgres, de muy larga duración. En 1830 Dunayer publicó en París un Tratado de la Economía Social y por entonces, en Lovaina, se impartió un Curso de Economía Social. En 1831, Phillipe Bouchez crea el "Diario de las ciencias morales y políticas", verdadero ideario teórico del cooperativismo francés, netamente cristiano. Entre 1826 y 1835 las cooperativas se multiplican, registrándose oficialmente 250, y a partir de 1831 empiezan a realizarse congresos de cooperativas.
Con frecuencia, los obreros se autoorganizan en cooperativas para librarse de los patronos, como sastres franceses en 1833. En Barcelona alrededor de un centenar de familiar trabajadoras crean en 1840 una cooperativa de consumo, "Compañía Fabril de Tejedores del Algodón de Barcelona", iniciando una larga experiencia que daría un salto en 1865 con la cooperativa de consumo de la "Fraterninat de la Barceloneta", y luego, en 1880, con la cooperativa de producción de los Silleros. Como veremos más adelante, esta experiencia fue decisiva para alcanzar los importantes logros catalanes y aragoneses en 1936-39.
1.2. ROCHDALE Y OTRAS EXPERIENCIAS
Pero, volviendo a la época, en 1844 menos de 30 tejedores en paro crearon en Rochdale, un barrio pobre de Manchester, una cooperativa de la que saldrán los famosos "Siete principios de Rochdale" que vertebrarían desde entonces el espíritu del cooperativismo oficial, interclasista y apolítico: matrícula abierta, neutralidad política, un socio un voto, interés limitado sobre el capital, ventas al contado, ganancias que vuelven al socio, educación y formación. En 1844 los campesinos pobres del pueblo danés de Rodding crearon escuelas cooperativas de nivel secundario. En 1847 el alcalde F. W. Raiffeisen y el juez municipal Hermann Schulze, de Delitzsch, fundaron una asociación de apoyo a los pobres que no era propiamente una cooperativa, y en 1849 Raiffeisen creó en el pueblo renano de Heddendorf una cooperativa de ahorro y crédito para las "clases pobres". En Valencia en 1856 se creó una cooperativa de producción y dos años más tarde una cooperativa de crédito en Buñol.
La depresión de 1846-48 supuso un estancamiento en el crecimiento de las cooperativas, pero desde 1849 cogen velocidad ascendente. En Gran Bretaña, en donde el cooperativismo tiene su gran fuerza, se produce un cambio cualitativo entre la fase de 1820-48 y la de 1850-72, año de inicio de otra crisis económica. Hasta la depresión de 1846-48, el cooperativismo mantiene un espíritu de alternativa al capitalismo dentro de su legalidad. Hasta la depresión de 1846-48, el cooperativismo mantiene un espíritu de alternativa al capitalismo dentro de su legalidad. Sin embargo, es un cooperativismo mayoritariamente de consumo pues fracasaron la mayoría de intentos del socialismo cristiano de aumentar las cooperativas de producción desde 1851.
A raíz de la recuperación económica entonces iniciada, el grueso del cooperativismo se aísla del nuevo movimiento obrero radical, se orienta hacia la búsqueda de mejores precios de consumo y de máxima rentabilidad bancaria de sus crecientes resultados y busca un eclecticismo ideológico que le permita dar cabida a "las ambiciones más estrechas como a las más elevadas", según afirma Lloyd Jones en una fecha tan temprana como 1852.
Se acelera entonces otra expansión que trajo consecuencias complejas pues, de un lado, se alejó del nuevo movimiento obrero surgiendo las tensiones que estudiaremos en su momento; de otro lado, el grueso de las cooperativas se asociaron y establecieron relaciones más estrechas a partir de las leyes de 1862 y de los esfuerzos coordinadores entre 1863-69, creando grandes redes de distribución y consumo, y, por último, este proceso se benefició del colonialismo británico por medio mundo, de modo que las grandes sociedades cooperativas llegaron a disponer de sus propias plantaciones de té en Ceilán, de campos de trigo en Canadá, de departamentos bancarios y de seguros, etc.
De este modo, una versión interclasista del cooperativismo se convierte en uno de los impulsores del reformismo laborista posterior ya que se desentiende de la reivindicación radical --marxista y anarquista-- de la propiedad colectiva de los medios de producción y se centra en una ampliación del consumo de bienes, mejora salarial y cooperación interna con la política expansionista externa de la Gran Bretaña. En el Congreso de Cooperativas celebrado en Londres en marzo de 1875 la intervención de Tharold Rodgers remarca esta evolución. Mientras, en el Estado francés durante el corto período de 1864-68 una parte del movimiento obrero, la dirigida por Proudhon y Tolain, potenció el cooperativismo alternativo e incluso la famosa "Banca del Pueblo" destinada a dar créditos muy bajos. Hasta el emperador Napoleón III apoyó ese movimiento no sólo con la ley de 1864 sobre el derecho de huelga, sino también con el estatuto legal de las cooperativas obreras de producción de 1867.
Pero la agudización de la lucha de clases desde el año siguiente liquidó esta esperanza utópica. Simultáneamente, en Alemania desde 1863 Lassalle defendía un socialismo estatal respetuoso de la monarquía imperial, en la que el "Estado popular libre" impulsaría el cooperativismo de los trabajadores. Sin embargo, pese a que en esa misma época la Asociación Internacional de Trabajadores, defendía en sus congresos de Ginebra y Lausana la creación de cooperativas de producción antes que de consumo, pese a esto, son las tesis reformistas y mayoritarias, u otras muy parecidas, las que se extienden en Latinoamérica. En 1873 se crea una cooperativa en Puerto Rico. En 1875 el cooperativismo se empieza a establecer en Montevideo, Uruguay, según los Siete principios de Rochdale, y es aceptado por la burguesía como sistema integrador y desactivador de la áspera lucha de clases, sobre todo tras la dura huelga de 500 trabajadores de fideerías en 1884. En 1897 se crea una cooperativa agrícola en Avellaneda, Argentina.
![]() |